Posteado por: zirtalef en: 2 abril 2010
Tal vez la prueba más dura que hay que superar en cuestión de responsabilidad sea ser responsable sin que absolutamente nadie te controle ni te vigile.
Imaginaos que no tenéis que ir a clase, que ningún profesor os pondrá falta de asistencia, ni negativos, ni os mirará mal la próxima vez que vayáis. No quedará reflejado en ningún sitio si hoy te levantasa las 8, a las 9, a las 10, o a las 12 de la mañana. No bajará ni una décima tu nota, porque no hay nota, no hay exámenes, ni espera a ver resultados; de hecho no hay resultados directamente. No hay nota anterior que superar, ni rivalidad con otro compañero, o grupo de trabajo. No hay nadie que te eche en falta y te llame para preguntarte qué te ha pasado hoy. No hay ningún baremo que te indique si lo estás haciendo bien, mal o regular, si deberías mejorar en esto o aquello. Nada a lo que agarrar el innato afán de superación que tengas (si esq lo tienes, porq dadas las circunstancias, o es innato o no es). Nada ni nadie que te haga sentir mejor o peor, nadie que te felicite, nadie que te pregunte dudas o te haga sentir útil. Nadie va a poder ver tus resultados y admirarse, burlarse, o compararse, asíq no podrás tener miedo o ganas de nada de eso. No tienes nada que contar a los que te preguntan “qué tal” porque no tienes datos, no tienes cifras, ni cualquier otro indicio medible de tu situación profesional/académica, como nos han tenido acostumbrados desde que tenemos uso de razón en el colegio. Simplemente “sigues”, “estás”. Eso acaba aburriendo hasta al más pintado, y acaba por desmotivar a tu subconsciente ambicioso y ganador. Cuando no hay nada que ganar, para qué se compite?
Si a todo eso se le añade vivir solo, despertarse solo, comer solo, dormir solo… qué tenemos? el colmo de las tentaciones perezosas, de un opositor con los papis de viaje durante toda la Semana Santa.
9 abril 2010 a 16:46
Un verano se lamentaba una gran roca, a la vera de un arroyo, de cómo pasaba su vida, día tras día, semana tras semana, sin que nada en el mundo calase en ella. Soplaba el viento a veces pero ella permanecía anclada en sus cimientos, otros días llovía, pero el agua tan pronto la tocaba, resbalaba y caía, ni el sol más abrasador lograba modificar el color de su superficie.
Es por ello que envidiaba a los insectos, que deambulaban a sus anchas en el aire, rivalizando por ver quién ejecutava la pirueta más osada, o a las pequeñas piedrecillas, que rodaban torrente abajo teniendo a cada tiempo un nuevo aposento, o a las hojas de los árboles, que pugnaban por colocarse cara al sol recibiendo las más diestras mayor radiación.
Argumentaba pues la gran roca que siendo ella parte del mundo, nada en él podía calarla, siendo testigo de cómo el resto de elementos a su alrededor podían actuar e interactuar: Los mosquitos volaban como exhalaciones, aprendiendo los unos de los otros; los cantos rodados dejábanse llevar por el agua, picando los unos encima de los otros en su recorrido; las hojas de los árboles se mecían al arrullo del aire, daban cobijo a las aves y sus nidos, conducían mediante sus concavidades el agua de lluvia hacia el cauce del arroyo…
Y estando ensimismada en estas cavilaciones llegó el otoño. Una mañana, un fuerte viento arrastró lejos a todos los mosquitos, intentando algunos aferrarse a la gran roca en vano, separándolos a los unos de los otros, sin importar que esa mañana tubieran carrera desde el cardo hasta el acebuche, para ver quién era el más rápido. El frío hizo a los pájaros volar al sur, y los árboles se quedaron sin fuerza para sostener a las hojas que semanas atrás lucían tan lustrosas, que a su suerte se desprendieron y cayeron al suelo, donde poco a poco agriaron su color hasta hacerse uno con la tierra. Otro día, un gran aguacero avivó al arroyo, haciendo correr con furia las aguas en él, y llevando así aguas abajo a todas las piedrecillas que semanas atrás entrechocaban entre ellas, donde en una laguna permanecerían sepultadas para siempre.
Ante todo esto, la gran roca permanecía allí. El arroyo crecido la circundaba y bañaba por completo su asiento, el frío y la lluvia en conjunción pintaron de blanca nieve su cumbre, pero aún así al poco tiempo el sol y el viento se aliaban para descubrirla de nuevo, devolviéndole su sempiterno aspecto. Fué entonces cuando descubrió que cada cual tiene su ciclo en el mundo. Las hojas abrigaban a las aves y vestían a los árboles cuando era preciso, las piedrecitas debían rodar y rodar montaña abajo para después adornar un suelo o fortalecer los edificios, y los mosquitos, su fugaz vida permite a otros de su especie nacer también.
Pero la roca necesitaba estar ahí, “necesitaba no necesitar” otras rocas para identificarse, “necesitaba no necesitar” al viento para ir a su destino, “necesitaba no necesitar” la lluvia para mantenerse erguida y fuerte, porque así es como la necesitamos, “necesitaba no necesitar” una temperatura u otra para dividir al alloyo en dos. La gran roca necesita su independencia para seguir siendo la gran roca.
Llegará un día en que la gran roca no necesite seguir siendo la gran roca, pero hasta entonces…
Mucho ánimo.